Era
de madrugada, apenas iban a dar las 2 a.m. en mi reloj, y aún no se veía rastro alguno
del sol. Conducía desde el sur sobre la Carrera 30, a la espera de hacer en el
camino una última carrera para regresar a casa. Pero, estaba cansado, había
prestado el servicio desde las 6am del día anterior y ni habiendo tomado tres
tintos cargados el sueño se iba.
La
vida de un taxista es ajetreada, afortunadamente el carro es mío y no tengo que
atravesar la ciudad para entregarle dinero al dueño y quedarme, a duras penas,
con los billetes que sobran de la gasolina. Día a día me levanto antes de las 6 am, me baño, me visto y salgo en el
taxi, sin desayunar porque por las mañanas se consigue mucho trabajo e intento
aprovechar al máximo esas horas. Más o menos a las 8 am me da hambre y por el
camino estoy pendiente por si veo un
“desayunadero”, lo mismo hago a la hora del almuerzo, deteniéndome en
algún restaurante casero y para la cena,
me conformo con comida rápida, eso sí, sin darme mayores lujos porque el ideal
no es gastar todo el producido del día.
El extraño pasajero
Con
una mano al volante giré, y tomé la Av
El Dorado, en dirección al centro de Bogotá. Las aceras se veían vacías hasta
que, pasando por el Cementerio Central, vi una silueta extendiendo su mano para
que me detuviera. Pude identificar al pasajero solo cuando orillé el taxi para
recogerlo, era un hombre pálido, y por su apariencia, rondaba los treinta y dos
años de edad. Tenía los puños de las
manos reventados, estaba lleno de sangre y
sucio. Supuse que había protagonizado alguna riña callejera y dudé en
recogerlo, sin embargo, accedí porque el señor me rogó para que lo hiciera, y
bueno, hace veinte años Bogotá no era tan insegura.
El
hombre vivía por el Barrio Santa Isabel, al sur de la capital, y me indicó cómo
llegar al lugar. Por el camino, le pregunté qué le había pasado y me aseguró
que cuando se despertó veía todo oscuro y no pudo levantarse, estaba
encerrado
-
Grité con todas mis fuerzas, pidiendo ayuda, pero no escuché respuesta ¿Qué
opciones tenía? Podía morir ahí, atrapado, o intentar escapar – dijo mi nervioso
pasajero mientras se pasaba las manos por la cabeza.
Su
única esperanza fue golpear la pared con
el fin de romperla, por eso tenía las manos heridas. Afortunadamente, el cemento estaba fresco, y después
de varias horas, pudo salir. Al hombre lo habían enterrado vivo.
Me
limité a mirarlo por el retrovisor, no tenía nada que decir. Jamás había
escuchado algo parecido, su historia parecía salida de las películas.
Poco
después, llegamos a un barrio donde no se veía ni un solo edificio y nos
detuvimos frente a una casa blanca de dos pisos. Me pidió que lo esperara
porque, lógicamente, no tenía su billetera consigo para pagarme la carrera.
Tocó el timbre en tres ocasiones y empezaron a escucharse fuertes ladridos,
provenientes del interior de la casa, pero fue hasta pasados unos 10 minutos,
que una mujer joven y en pijama abrió la puerta,
-¿Luis,
eres tú? No puede ser posible, te enterramos ayer - decía la mujer. De seguro
ver a su “difunto” esposo frente a la puerta la
dejó estupefacta porque su rostro se puso pálido y por poco se desmaya.
El
hombre, su marido, trataba de calmarla y explicarle lo sucedido. Sin embargo,
la mujer salió de su perplejidad para gritar –Es Luis ¡Está vivo!
La
gritería al interior no se hizo esperar,
se prendieron una a una las luces de la vivienda y vi como salían personas a
corroborar que Luis, mi pasajero, estaba vivo.
Cuando
me bajé del taxi para recordar que aún había una carrera por pagarme, noté que
mi sueño había desaparecido, ahora me sentía parte de la historia y quería
enterarme de lo que exactamente le había ocurrido al extraño hombre que recogí
frente al cementerio.
Muerte aparente
Luis, había sufrido un infarto y en la
clínica determinaron que ya no tenía
signos vitales porque sus pulsaciones cardiacas eran imperceptibles. Su piel se
puso pálida, estaba inconsciente, muscularmente rígido y su respiración era muy lenta, parecía
muerto. Los médicos registraron la hora de defunción y le avisaron a su
familia, que aguardaba en la sala de espera. A los dos días lo enterraron, sin
esperar que despertaría ¿Quién iba a pensar que Luis sufría de catalepsia?
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