Miles de personas en todo el mundo fueron o
están siendo víctimas del ataque cibernético más grande del siglo. Se
frenaron hospitales, telecomunicaciones, ministerios públicos, bancos,
universidades y empresas de todo tipo, un hecho que parece sacado de un capítulo de la serie de televisión británica Black Mirror. Y es que, en los últimos días, se han
registrado más de 150 países afectados por un ransomware o secuestro de información, conocido como WannaCry, en el que se pide a cambio el pago de US$300 en la moneda virtual bitcoin, para permitir de nuevo el acceso y la descodificación de los computadores.
Por
supuesto, ante tan eminente riesgo
informático, no podían faltar las numerosas acusaciones entre países. Aún desconocemos quien anda detrás del virus, pero ¿cómo es posible que a la Agencia Nacional de Seguridad de Estados Unidos (NSA)
le robaran los programas que aprovechaban la vulnerabilidad de Windows? Lo mínimo que uno
esperaría de la agencia de seguridad de una potencia mundial es que sea lo suficientemente efectiva para proteger sus archivos. Debió alertarnos y solucionar el fallo de seguridad que
encontró, no guardárselo todo.
Además, si la NSA sabía que la mayor parte de la población utiliza alguna versión del sistema operativo Microsoft Windows, también debía prever que cualquiera podría intentar aprovecharse de esto y que lo correcto sería dar aviso a Windows a tiempo, no hasta que se filtrara la información. No debió esperar hasta la expansión de “WannaCry”.
Windows tampoco es que hiciera mucho, más allá de publicar en su página las actualizaciones para evitar ser blanco fácil del software malicioso.
Por ninguna parte vimos anuncios sobre el peligro de mantener las
versiones desactualizadas de Windows, que por excelencia se mantienen en furor dentro de las empresas. La compañía lo sabía, Windows XP maneja mejor ciertos programas y ya ni le prestan soporte técnico. Por eso, no nos
tomó por sorpresa que más de la mitad de los 300.000 ordenadores infectados en
el mundo, fueran de uso empresarial.
Sin embargo, el problema no es solo de la NSA,
sino de nosotros. Luego de “Conficker”, el gusano informático
que atacó en el 2008, también vulnerando una debilidad de Windows, teníamos que
crear consciencia y prepararnos, pero no lo hicimos. Por el contrario,
comenzamos a implementar softwares a diestra y siniestra con el fin de controlar gran parte de los
sistemas de servicios. Nos volvimos más “ciberdependientes”. Prueba de esto es
que, por lo mismos días en que comenzaron los
ataques, se descubrió un nuevo brote del virus del Ébola
en África, y muchos ni se han dado por enterados, todo por andar pendientes de WannaCry. Somos insensibles.
Parece que ya no nos importan las vidas, sino solo los datos.
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