Como es habitual, a finales de octubre se
llevó a cabo en la capital el ARTBO, la Feria internacional de arte de Bogotá.
Un evento que congrega a artistas contemporáneos y a los respectivos amantes
del arte. Por mi parte, jamás había asistido, así que me dispuse a ir 2 de los
4 días que duraba la muestra.
La “Media esfera roja”, obra del
venezolano Jesús Soto fue la pieza principal y, lo primero que noté al entrar a
los pabellones de Corferias dispuestos para la feria. En la estructura
colgante predomina el uso del espacio, y piezas en las que, como su nombre lo
indica, el rojo predomina. Está llena de cilindros metálicos rojos,
medianamente relacionados con el puntillismo si se miraba desde abajo. Y, a
pesar del material, transmite delicadeza a partir de figuras rígidas. Es
una obra que permitió ser apreciada de distintas perspectivas, puede verse
de frente y de lado la media esfera, pero desde abajo luce como un círculo.
Entre stands, la diversidad de culturas
era evidente, iba desde arte cubano hecho cucharas y mensajes de
oprimidos por dictadores del artista Reyner Leyva, hasta una crítica a la
colonización y a la segregación de razas por medio de una foto editada de una
niña afroamericana de Adriana Duque.
Sin embargo, a pesar de ser un evento
diseñado para público de estrato medio-alto, fácilmente catalogado por el costo
de la entrada ($35.0000), de la comida y de las mismas obras, la rebeldía en
ARTBO no faltó y eso se vio en los mismos asistentes. Claro, la muestra dedicó
un gran espacio al arte experimental en donde destaco la sección de Artecámara.
Un espacio que se diferenció por no estar formado por grandes
galerías sino por jóvenes artistas; logra fusionar el arte plástico con lo
audiovisual y multimedia.
En cuartos oscuros, tapados por cortinas
negras, se proyectaban vídeos experimentales simultáneamente en 3 paredes,
entre las que solo había silencio. No se creaban historias lineales, sino que
se basaban en sentimientos que lograban interconectarse. Además, conservaron
proyectores antiguos y tocadiscos que creaban formas a partir de luces.
Otro cuarto contenía una cámara conectada
a un brazo robótico que cargaba un vaso de aguardiente, mientras el brazo se
movía en dirección a la pantalla de la cámara que repetía una y otra vez
los labios y bigote de un hombre. Todo haciendo una especie de oda a la
robótica y a su personificación.
Cuando llegué a la sección de la Galería
El Museo, me deslumbró una porcelana con estética grecorromana de una mujer
sosteniendo una vasija de flores que contiene una muñeca de juguete, un
infante. Podría exponer a una madre sacrificando a su hijo por el bien de la
sociedad, cuando en la época de Esparta se sacrificaba a los más débiles.
Aunque también puede transmitir la transformación que sufre el arte con el
tiempo y cómo se retorna a lo clásico, pero con ciertas modificaciones.
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Continuando con el recorrido, muchas más
obras, sin recurrir al usual triángulo que representa rebeldía y anarquía,
lograron transmitir esas ideas y una ruptura hacia lo establecido: bicicletas
cuadradas; cuadros de saludos nazis criticando la imitación que le
hace el fascismo; el mural de "Superputa" de Walterio Iraheta, que
fue un éxito en las fotos de los que asistieron solo para tomarse la foto al frente
y un cuarto burlándose de las modas, en donde la protagonista del loop que
transmitían por lo menos 3 televisores, derritiéndose entre brillos, era la
polémica Kim Kardashian, ídolo de millones de adolescentes. Y para terminar, un fajo de billetes de cien pesos con una
perforación con forma del martillo y la hoz, símbolo comunista, toda una
crítica a los gobiernos socialistas donde se asegura que la plata es para todos
pero pocos terminan teniendo acceso. La plata de los trabajadores es la que
enriquece al gobierno.
En resumen, la rebeldía predominó en un
evento de la alta cultura, que lastimosamente no fue de fácil acceso ni
entendimiento para todos.
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