Por Lina Castro
El 1ero de abril de 2017,
entre gritos, insultos y abucheos, salieron a marchar, de manera pacífica, los
simpatizantes del Centro Democrático.
Convocados por
Ordoñez y Uribe, los asistentes se dirigieron hasta las principales plazas de
20 ciudades de Colombia para protestar contra la ola de corrupción en el
país. En Bogotá, el lugar de destino fue
la Plaza de Bolívar, a donde cerca de 15.000
de personas se movilizaron usando camisetas del partido y de la Selección.
¿Cómo salimos a manifestarnos
contra la corrupción en una iniciativa promovida por corruptos si en el
gobierno de Uribe se destaparon escándalos como las chuzadas del DAS, los
falsos positivos y Agro Ingreso Seguro?
Si protestamos
contra la corrupción, no deberíamos permitirles a estos delfines marchar de
nuestra mano. No deberíamos dejarle al
famoso Jhon Jairo Velásquez,
alías “Popeye”, sicario y mano derecha de Pablo Escobar, acompañar la
movilización en Medellín, y mucho menos al exprocurador Alejandro Ordóñez,
destituido por irregularidades en su reelección. Ellos, sin lugar a duda, son
los menos indicados para liderar las marchas.
El sábado, el
uribismo una vez más dejó en evidencia su intolerancia. A pesar de convocar una
marcha contra la corrupción, no se permitió el rechazo a todo tipo de
corrupción, verbigracia los periodistas Vladdo y Samper se vieron en la
obligación de abandonar a la multitud por las constantes amenazas e insultos de
los demás asistentes.
La ironía
también se notó en el discurso del exprocurador Alejandro Ordóñez: “seguimos
marchando en paz y en familia. Exigiendo la salida de un Presidente ilegítimo.
Yo marcho por la patria”… Ahora, nos queda la duda: ¿si se marchó en paz por
medio de violencia, cómo se marchará en la guerra?
La marcha del pasado
1ero nos dejó algo en claro: los colombianos todavía no aprendemos, confiamos a
ojos cerrados en quienes como Poncio Pilato, se viven lavando las manos.
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